martes, 8 de mayo de 2012

NOTAS SOBRE EL DEBATE

Fernando Belaunzarán
Twitter: @ferbelaunzaran

1.- Enrique Peña Nieto se vio más articulado que en la FIL de Guadalajara, pero eso no es mucho decir. Sorpresivamente se atrevió a responder y hasta a lanzar ataques contra sus adversarios, aunque sin mucha puntería y con poca contundencia. Lo mejor para él es que, si bien fue zarandeado, pudo salir vivo del compromiso. En eso le ayudó el formato rígido y el poco tiempo por intervención, aunque se haya quejado reiteradamente de eso –error que le van a cobrar-, más que sus habilidades retóricas –bastante limitadas, a pesar de que logró quitarse la imagen de “muchacho teleprómpter”. Pero también sobrevivió por la inexplicable tregua que le dio López Obrador después de propinarle el golpe más contundente que el mexiquense recibió en el debate. Tocado y con la guardia baja, el tabasqueño no lo remató.

2.- El climax del debate fue el intercambio de AMLO con EPN, del cual salió con clara ventaja el tabasqueño. Éste mostro su mayor capacidad polémica, reviró bien la acusación de la publicidad gubernamental durante su gobierno y mejor aún el señalamiento que hizo el mexiquense sobre su relación con Ponce y Bejarano. El Peje le recordó a Peña que sus dos ex colaboradores fueron juzgados y pisaron la cárcel -uno sigue preso-, mientras que él, siendo sobrino y Secretario de Administración de Arturo Montiel –cuya riqueza personal se calcula en 600 millones de dólares, y no de pesos como erróneamente dijo Andrés Manuel-, estaba ahí, de candidato presidencial. El candidato del PRI, a partir de ese momento, prefirió enfrentarse sólo con Josefina Vázquez Mota e ignorar a Andrés Manuel, quien extrañamente decidió no insistir en el tema y ya no atacar a su adversario en lo que parece ser su talón de Aquiles: la cercanía personal y profesional con su antecesor en el Estado de México. De hecho, ya no lo aludió en el resto del debate. Lo dejó ir vivo.

3.- Sin embargo, y aunque salió bien librado, no se puede hablar de un triunfo claro y contundente de AMLO en el debate. La razón es que, antes y después del esgrima con Enrique Peña Nieto -su momento estelar-, López Obrador expresó un esquema discursivo que lleva reiterando desde hace seis años y que, si bien gusta e inflama los corazones de los propios, poco le dice a los indecisos. El poder extralegal de un grupo compacto que decide el destino del país para beneficio de unos cuantos a costa del sufrimiento de la mayoría es una narrativa ya muy gastada que no pocos identifican con la etapa preamorosa de la confrontación. Algo similar puede decirse de la autoproclamación de su superioridad moral. Pienso que si hubiera seguido con el expediente de Montiel y la responsabilidad de Peña Nieto en el enriquecimiento e impunidad de su tío, hubiera desbaratado al mexiquense y tenido la victoria indiscutible en el debate. También, creo, le hubiera rendido buenos dividendos sacrificar un poco de retórica por propuestas específicas.

4.- A pesar del párrafo anterior, López Obrador cerró con la mejor carta que tiene: su eventual gabinete. Mencionar a Juan Ramón de la Fuente y a Marcelo Ebrard es un buen mensaje hacia sectores que le guardan recelo, pero que ven a dichos personajes como garantía de confianza, profesionalismo y buenos resultados.

5.- A Josefina Vázquez Mota no le fue mal, pero tampoco hizo nada excepcional. Se enfrascó en un largo intercambio de ataques con Peña Nieto, sin mayor pena ni gloria, pues ninguno de los dos tiene la suficiente elocuencia como para marcar bien sus golpes. Su nueva imagen y el porte que asumió la mostraron como una mujer con seguridad y aplomo, pero carente de filo y sin provocar entusiasmo. Consiguió desde el principio poner a la defensiva a EPN sobre la actuación de éste como gobernante del Estado de México, pero cuando éste contraatacó con audacia invitándola a recorrer dicha entidad para verificar el cumplimiento de los compromisos hechos por el mexiquense, se escabulló con una fórmula retórica cuestionable: “los mexicanos no queremos un presidente al que le tengamos que revisar la tarea”. En realidad, la rendición de cuentas que requiere el país es que a todos los funcionarios públicos, entre ellos gobernantes, legisladores y jueces, se les revise su “tarea”. Pero como Peña Nieto es incapaz de salirse del guión e improvisar, ni eso tan sencillo pudo revirarle. Claro, Josefina tampoco se salió del script y no hizo algo muy elemental en medio de la refriega entre AMLO y EPN, cuando quedó exhibido el flanco abierto de Montiel, su riqueza y la impunidad que goza. Bastaba con que desde su ángulo también le pidiera cuentas por eso a Peña para que el asunto escalara mucho más. Quedo establecido que el candidato priista es más vulnerable al affaire de su tío que sus compromisos no cumplidos. Algo similar pudiera decirse del mejor gol de Vázquez Mota en la noche que, por su falta de punch no fue tan celebrado como el que metió AMLO. Me refiero a la mención de Moreira y la investigación judicial de la que es objeto su Tesorero en EU por lavado de dinero. Ante ello no hubo respuesta por parte de EPN y el tabasqueño hubiera podido, en ese punto, hacer segunda. Llama la atención que Felipe Calderón no haya sido aludido durante todo el debate. Andrés Manuel López Obrador, al igual que Josefina Vázquez Mota, decidieron centrarse en el puntero y, éste, que de por sí es poco elocuente, optó por hablar genéricamente de los 12 años de gobierno panista. No hay tal alianza PAN-PRD, simplemente hubo coincidencia lógica de estrategias.


6.- Gabriel Quadri aprovechó bien el hecho de que los demás candidatos optaron por ignorarlo. Su conocimiento de algunos temas, preparación académica y capacidad retórica hicieron el resto. Es el instrumento presentable para mantener con vida un proyecto político impresentable. Pretendió de manera tramposa, pero con éxito, presentarse como el “ciudadano” frente a los “políticos de siempre” que impiden “las reformas que México necesita”, no obstante que él promueve el interés de Elba Esther Gordillo, una “política de siempre” con enorme poder y principal obstáculo para la imprescindible reforma educativa. Como nadie lo iba a aludir, pudo asumir sin objeciones el papel de un candidato libre siendo que sin duda es el más amarrado de todos los ahí presentes. Su tiempo lo usó básicamente en dos cosas: ser el defensor oficioso de Enrique Peña Nieto y hacer propuestas, algunas afortunadas –como el impulso a la educación superior- y otras que merecían ser refutadas –como su incomprensión de que los precios altos de los combustibles frenan el crecimiento económico y dificultan la competitividad. No lo veo como el ganador del debate, pero sin duda que creció tras su desempeño en el mismo. Mala noticia para la educación en México.

7.- La nota de color no la dieron los candidatos, ni siquiera las fotos mostradas por los candidatos, así hayan estado de cabeza –como le ocurrió a AMLO- o fuera de foco –como en dos ocasiones le pasó a EPN-, sino la efímera participación de la escultural edecán y playmate, Julia Orayen, quien mostró un vestido entallado con escote generoso. Las redes sociales son por naturaleza lúdicas y elevaron el tema hasta ser el más comentado mundialmente en la noche del domingo. Fue un nutriente para la picarezca,la cual se expresó, en muchas ocasiones, con creatividad y humor. Algunos vieron en ello un complot distractor. La verdad es que nadie dejó de ponderar los argumentos, las réplicas y contrarréplicas de los candidatos por ver a la edecán, y ella no tiene la culpa de un formato soso en el que cada quien monologa sobre lo que le viene en gana. En mi opinión, además, cumplió con su trabajo profesionalmente y me parece patético que el IFE se disculpe por un escote. El árbitro debiera estar preocupado por reforzar su autoridad. Se achicó frente a las televisoras; se achicó frente a los partidos que le impusieron un formato acartonado y anodino; y ahora se achica ante las “buenas conciencias” escandalizadas. Por otra parte, más que lo mostrado por el escote, quedó exhibida la pobreza del debate público.

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