sábado, 10 de septiembre de 2011

UNA DÉCADA DESPUÉS DEL 11 DE SEPTIEMBRE

Fernando Belaunzarán
Twitter: @ferbelunzaran

Hace 10 años, un puñado de extremistas cambió la geopolítica del planeta. Por supuesto, no como ellos hubieran querido; tampoco como George W. Bush llegó a pensar. Los extremos no pudieron hacer perdurar su lógica de confrontación a muerte entre “Dios” y los “infieles” o entre el “bien” contra “el mal”, según uno u otro fundamentalismo que, en cualquier caso, clamaba venganza. Pero si bien sabemos que el 11 de septiembre de 2001 fue un parteaguas que puso en el centro de la agenda la seguridad norteamericana, aunque no pudo imponerse a mediano y largo plazo la obsesión belicista, no está claro hacia dónde se dirige el mundo con economías tambaleantes de las potencias occidentales y la irrupción de crecientes movimientos de protesta -con notoria preeminencia de los jóvenes- contra sistemas políticos que no atinan a renovarse y dar respuestas adecuadas a los problemas y requerimientos de sus sociedades.

La terrible, atroz y delirante acción contra blancos políticos, económicos, simbólicos y militares de los Estados Unidos dio impulso y base social a inflamados ánimos bélicos e imperialistas dentro de la gran potencia, debidamente alentados por los “halcones” que en ese momento mandaban en la Casa Blanca. George W. Bush, a quien en el documental de Michael Moore se le ve fingiendo que leía un libro que tenía de cabeza frente a un grupo de niños en el momento en que le daban las duras noticias, exhibió la portentosa fuerza militar norteamericana, no tanto para hacer pagar a los terroristas que cometieron los deleznables crímenes como para aprovechar el viaje y hacer sentir, a todos los países de la Tierra, la nueva realidad inaugurada con la caída del Muro de Berlín: el mundo unipolar.

Como suele suceder, y como desde el primer momento se anticipaba, pagaron muchos justos por pocos pecadores. Pero no sólo eso, el tiro le salió por la culata al presidente texano y actualmente, en medio de turbulencias e incertidumbre en la economía, ese país todavía no atina a salir del atolladero en el que se metió y todo parece que concluiran su costosa intervención militar sin dejar gobiernos estables y una zona pacificada. La ola democratizadora que hoy vive Medio Oriente no vino de las armas norteamericanas sino que surgió desde las propias sociedades, hartas de gobiernos despóticos y corruptos, fundamentalmente de los jóvenes globalizados e interconectados por la revolución tecnológica en comunicaciones y el auge de las redes sociales. La invasión de los Estados Unidos a Irak no sirvió para golpear un reducto de Al Qaeda; por el contrario, paradójicamente le abrió la puerta a la organización terrorista para que operara en ese país que, tras la caída del dictador Sadam Hussein, se vio de por sí convulsionado por luchas étnicas y religiosas. Se generó un foco de desestabilización en la región que han costado grandes pérdidas humanas.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 conmovieron al mundo. Hubo una espontánea y sincera solidaridad desde todos los puntos del planeta, tanto con el gobierno como con el pueblo de los Estados Unidos. Las víctimas civiles fueron de muchas nacionalidades y nadie se engañaba acerca de que habría una respuesta contundente por parte de los norteamericanos después del golpe recibido y el intenso drama humano que se vivió, no sólo en Nueva York y Washington sino en el planeta entero que seguía en vivo la transmisión. Me recuerdo sorprendido, pasando de la incredulidad al espanto al ver estrellarse a un segundo avión en la otra Torre Gemela, descartando de esa manera tan impresionante la posibilidad de un accidente y maldiciendo a los terroristas que se atrevieron a patearle “los güevos” al gigante sin medir las consecuencias. Unos fanáticos dispuestos a inmolarse hicieron sentir a los estadounidenses que no estaban seguros, que la guerra podría sentirse en su territorio con su estela de destrucción, muerte y dolor; era evidente que eso cambiaría la historia y que las cosas no volverían a ser como antes.

George W. Bush se encargó de dilapidar el apoyo internacional y ganarse a pulso altos índices de antipatía mundial por actuar unilateralmente en la segunda guerra del Golfo Pérsico. Se pasó de la solidaridad a la censura. Ahora sabemos que no existieron tales “armas de destrucción masiva” en Irak y que si bien la ocupación resultó ser muy onerosa para el gobierno del los EU sirvió a algunos contratistas para hacer jugosos negocios. No tardó la molestia externa en ser también interna y el rechazo al entonces presidente dentro de su país, por la crisis económica y también por la impopularidad creciente de la guerra, llegó a niveles históricos.

De la decepción devino la esperanza con la arrasadora elección de Barak Obama, quien hizo del cambio y del cuestionamiento a la ocupación de Irak dos puntos fundamentales de su campaña. Acontecimiento saludado planetariamente como pocos. Pero, como bien sabemos en México, es más fácil prometer el cambio que realizarlo. Los republicanos han adoptado una política de abierto boicot y el llamado Tea Party es un grupo de poder empeñado en provocar el fracaso del gobierno como vía necesaria para ganar las elecciones el próximo año. Los intereses facciosos por encima de las responsabilidades institucionales con el país. También acá sabemos de eso. El caso es que los problemas económicos y la falta de las transformaciones prometidas acabaron con la obamanía y no puede descartarse el regreso de los “halcones” a la Casa Blanca.

En México y América Latina sufrimos consecuencias directas por aquel 11 de septiembre. El paso por la frontera hacia los Estados Unidos se hizo mucho más difícil, trayendo como consecuencia que el tráfico de indocumentados usara las rutas del narco, quienes sustituyeron a los ancestrales “polleros”. Los “narcopolleros” diversificaron su negocio con el de la trata de personas y, como bien sabemos, no hay nadie más vulnerable que un migrante sin papeles, más aun cuando se trata de mujeres y niños. Por supuesto, esa nueva seguridad no logró disminuir la cantidad de drogas exportadas a ese país ni la llegada de armamento para los cárteles.

10 años frenéticos en el que el rostro del mundo ha cambiado vertiginosamente. Osama Bin Laden está en el fondo del mar y aunque el terrorismo sigue siendo una amenaza, el planeta se mueve en otra dirección. Son los movimientos emergentes, la indignación organizada por las redes sociales en un contexto de incertidumbre económica los que amenazan, en mi opinión para bien, el status quo de sistemas políticos rebasados por las circunstancias. Un impulso democratizador que ojalá sea aprovechado y encauzado en lugar de combatido violentamente por las elites que, con razón, se sienten amenazadas. Es tiempo de reformas hacia una democracia más participativa, lo cual no quiere decir renunciar a su carácter representativo. Al contrario, se trata de un complemento indispensable, en virtud de una sociedad global más informada, atenta y demandante.

Es un buen momento para reflexionar, para pensar también en otra guerra tan absurda como la de Irak y que lleva medio siglo librándose con cada vez peores consecuencias. Me refiero a la estrategia punitiva contra las drogas que ha sido un fracaso mundial y que hoy amenaza en serio la viabilidad del Estado mexicano. Por supuesto, igualmente es un momento para pensar en las miles de víctimas inocentes cuyas vidas fueron segadas por un ataque salvaje e irracional. La mejor forma de rendirles tributo es defender los valores de la libertad y fortalecer los regímenes democráticos, lo cual implica llevar a cabo políticas efectivas para procurar justicia social. Frente al maniqueísmo estilo Bush, “el que no está conmigo, está con los terroristas [o con la ‘mafia’]”, se debe impulsar la pluralidad, la tolerancia, el diálogo, la negociación, el respeto por el otro. Sólo así venceremos al verdadero adversario que sigue levantando la cabeza con diversas ideologías y modalidades. Me refiero al extremismo.

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

PACTO NACIONAL: SEGUNDA LLAMADA

Fernando Belaunzarán
twitter: @ferbelaunzaran

Coincidente con el planteamiento de Javier Sicilia e incluyendo de manera más sistemática los ejes fundamentales que le darían sustento, el rector José Narro propuso a Felipe Calderón un acuerdo nacional para virar en la estrategia actual de combate al crimen organizado y conformar una política de Estado de amplio consenso y largo aliento. Es la segunda vez que se le presenta una oportunidad al jefe del Ejecutivo para que, aprovechando una propuesta surgida de la sociedad, convoque a la construcción de los cimientos de la unidad contra el crimen que con razón demanda, pero que se dificulta por el empecinamiento en mantener una ruta que ya probó que va a ninguna parte como no sea la extensión de la barbarie, más allá de buenas intenciones.

Una política de Estado no inicia con el detalle, no puede ser extenuante ni “concreta”. Eso viene después. Lo fundamental es acordar el marco, las líneas generales, la perspectiva, los objetivos, la doctrina. De ella deben desprenderse leyes, prioridades, programas, operativos; la estrategia, pues. Así que si Calderón esperaba algunas fichas para acomodarlas en su rompecabezas se equivocó, puesto de lo que se trata es de establecer la corresponsabilidad a partir del compromiso compartido, producto del consenso sobre la figura que se quiere armar. ¿Por qué los partidos políticos distintos al del Presidente y otras instituciones querrían asumir los costos de una política que no comparten, por la cual no fueron consultados y cuyos resultados son decepcionantes?

Mientras Felipe Calderón se niegue al rediseño conjunto de la estrategia, la unidad nacional será básicamente declarativa y a cada nueva tragedia provocada por la violencia volverá a ser señalado responsable, no tanto de haberla cometido, como insisten en presentarlo un puñado de fanáticos, sino por no atacar de manera adecuada las causas que las hacen posibles, es decir, por aplicar unilateralmente una política que no funciona. Por eso resulta extraño que desaproveche estas oportunidades que vienen de la sociedad, primero la de Javier Sicilia y luego la de la UNAM, para que el combate al crimen organizado deje de ser la desesperada lucha de un gobierno rebasado y pase a ser la labor coordinada del Estado mexicano, asumida compartida y respaldada moral, política y operativamente por instituciones y ciudadanos.

La discusión no es la planteada de manera por demás desafortunada por Vicente Fox. No se trata de establecer acuerdos, explícitos o implícitos, con el crimen organizado sino de fortalecer al Estado para que pueda combatirlo de manera más inteligente y eficaz, reduciendo la violencia, más que por el cambio de actitud de las bandas criminales o porque lleguen a acuerdos entre ellas, en virtud de que se les debilite de la única forma que es posible: disminuyendo sus recursos y ganancias económicas.

Es sin duda un avance que el tema de la legalización de drogas deje de ser tabú y que al menos se acepte discutir como alternativa para encontrar una solución por la vía del consumo al mercado negro más rentable del planeta. Es el negocio principal del crimen organizado y con sólo regular la marihuana se reduciría sustancialmente sus ingresos. En 2008 el entonces “zar antidrogas”, Barry Mccaffrey, estimaba que la venta de ese producto le proporcionaba el 60% de las ganancias a los cárteles mexicanos en Estados Unidos. Cierto que, como argumentan Calderón y Poiré, en virtud de que la mayor demanda proviene de nuestro vecino, la legalización de drogas tendría un impacto decisivo si es ahí donde se lleva a cabo; pero lo cierto es que el apremio no lo tienen los norteamericanos. Los muertos son de este lado de la frontera y allá, fundamentalmente, gozan de los beneficios de un negocio que maneja miles de millones de dólares. No se ven condiciones para que en el corto plazo y por la buena, cambien y se modifique la lógica perversa que hoy domina: México combate sin éxito y con muchos costos materiales, sociales y humanos para evitar que las drogas lleguen a Estados Unidos, mientras allá no reducen el consumo que financia a las bandas criminales y, por si eso fuera poco, venden armas tanto al gobierno como a los narcos. Si queremos que eso cambie -está visto- no bastan discursos inflamados y llenos de reproches.

México es quien debe forzar el cambio de la política punitiva contra las drogas, la cual ya no puede haber dudas de su fracaso global tras medio siglo de violencia creciente que en ningún momento pudo siquiera evitar que el consumo siguiera aumentando. Para ello, en lugar de esperar a ver en qué momento se le ocurre a los norteamericanos cambiar las reglas nosotros debiéramos adelantarnos y, con ello, poner el tema en el centro de la agenda no sólo bilateral sino planetaria. Por eso celebro la iniciativa para que la UNAM organice un foro sobre el tema.

Ahora bien, con independencia de la legalización, el nuevo enfoque debiera centrarse en ir por el dinero del crimen, lo cual implica atreverse a tocar muchos intereses creados que se benefician de alguna u otra manera de esa industria multimillonaria. Y, para ello, nada mejor que un Pacto Nacional que involucre a todas las fuerzas y evite que dichos poderes fácticos se beneficien de las contradicciones de la clase política.

Cierto que la propuesta de la UNAM contiene también algunas generalidades y cosas obvias como combatir a la corrupción y la impunidad, detectar mejor el lavado de dinero o dar atención a las adicciones, pero su gran aporte, lo fundamental, es la posibilidad de partir de una visión compartida que signifique un punto de quiebre, algo mucho más significativo que cualquier gran acuerdo entorno a un documento, principio del cual se desprenden los “cómos”. Se trata de que todas las fuerzas políticas y organizaciones de la sociedad coincidan en fortalecer y darle perspectiva al Estado más allá del combate a la inseguridad, es decir, que tenga viabilidad y funcionalidad la democracia mexicana, pues ello es condición esencial de la solución de éste y otros tantos graves problemas que carga el país. Sería lamentable que, en esta ocasión, otra vez se pierda la oportunidad por mirar el dedo en lugar de observar hacia donde señala.

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