martes, 28 de septiembre de 2010

AMLO Y PEÑA NIETO

Fernando Belaunzarán
Twitter: @ferbelaunzaran

Bajo el ropaje de la pureza suelen esconderse los motivos más mezquinos. Cuando un político atenta contra la consecución de sus objetivos explícitos no necesariamente es porque haya perdido la razón, esté cegado por un afán de venganza, se haya corrompido o, menos aún, sus “principios” lo lleven al sacrificio. El poder es la lógica de la política y ahí es donde tenemos que buscar la racionalidad de su actuación. Si lo que hace lo aleja de lo que se supone debe estar buscando es muy probable que sea porque en realidad quiere otra cosa, porque su prioridad es distinta a la que creemos, o bien, a la que quiere hacernos creer que tiene.

Andrés Manuel López Obrador sabe, como todo el mundo, que beneficia a Enrique Peña Nieto –potencial y aventajado rival en el 2012- con su empeño rabioso y vehemente por reventar la alianza que, está visto, tanto teme el político mexiquense. ¿Por qué ayudar al adversario más fuerte? ¿Por qué servir a que éste finalmente consiga aquello que ha buscado con tal ahínco que no ha tenido empacho en exhibirse como un gobernante faccioso, autoritario y manipulador de las instituciones con tal de conseguirlo? ¿Por qué llegar incluso a amenazar con la ruptura definitiva de la izquierda si el PRD le asesta el golpe donde más le duele a quien él mismo denuncia como “candidato de la mafia”? ¿Será un acto de “principismo”, tal y como creen los devotos para consolarse y alimentar su pretendida superioridad moral? ¿O se trata de una posición que responde a un frío cálculo de sus posibilidades? La respuesta no está en la máscara sino en lo que ella esconde.

Aunque arrebatado y visceral, AMLO es un político consistente y es preciso encontrar la coherencia de sus actuaciones. No es un discurso, no es un programa, no es una moral la que se lo da. Eso hay que buscarlo, en primer término y como todo buen politólogo sabe, en su interés. El proyecto político siempre se entrelaza al proyecto personal, pero en el caso de López Obrador la unidad entre uno y otro es total. El proyecto de AMLO no es otro que sí mismo. Definitivamente busca cambiar el país, no hay duda de que pretende que se le proporcione algo o mucho de justicia a un pueblo ávido de ella y de seguro es enemigo de los privilegios que ofenden a muchos mexicanos; pero no quiere, no le basta, no le interesa si no es él quien lo lleva a cabo. Tener ese lugar en la historia es la ambición que lo mueve y a la que todo subordina. Que alguien más esté “mejor posicionado” y tenga más posibilidades de ganar, o bien que se abra otro camino para conseguir los cambios anhelados no ha sido, no es, ni será razón para que mude de opinión y, como dice la experiencia, hará lo que pueda para evitar cualquier alternativa que signifique desempeñar un papel distinto al de “Salvador de la Patria”.

Cuando terminó la controvertida calificación legal de la elección presidencial, López Obrador tuvo la opción de utilizar la gran fuerza política y moral que tenía en ese entonces para reformar al país, para poner su agenda por delante, aprovechar las fuertes bancadas de la izquierda y la imperiosa necesidad de legitimación de Felipe Calderón para lograr transformaciones importantes en el país; pero, aún a costa de su popularidad y aceptación en las clases medias, prefirió apostar por la descomposición y eventual colapso del régimen, precisamente porque resurgir sobre las cenizas de los que le ganaron a la mala –“haiga sido como haiga sido”- era el episodio a la altura de la visión mesiánica que tiene de sí mismo. Por eso rechazó la reforma electoral que molesto de sobremanera a los medios electrónicos al suprimir la compra de propaganda política y electoral – lo que por cierto le ha permitido estar permanentemente en spots durante estos años- y poco le importó hacer causa común en eso con Televisa, TV Azteca, Radio Fórmula, el Consejo Coordinador Empresarial y otros consorcios más que él ubica dentro de “la mafia que le robó la presidencia”. También por eso pidió a senadores y diputados rechazar otras leyes y reformas aunque coincidieran con los planteamientos de la izquierda porque “ya las llevarían a cabo cuando esté en la presidencia”. Como es evidente, su estrategia no funcionó, tuvo un agudo desgaste que se expresa no sólo en su caída en las preferencias electorales sino también en el elevado voto negativo que hoy carga, lo que, además de dejarlo sin posibilidades reales para ganar el 2012, posibilitó el resurgimiento del PRI. De todo ello, aunque no lo parezca, es absolutamente consciente Andrés Manuel; razón por la cual no es su prioridad detener a Enrique Peña Nieto.

AMLO se está ocupando de lo que puede ganar y eso es la hegemonía en la izquierda política, lo cual le permitiría perdurar después de la elección presidencial. Como en el 2012 no tiene posibilidades, está pensando es mantenerse vigente y trabajar para la siguiente en mejores condiciones. La salida del PAN en el gobierno le da pie para cambiar su estrategia opositora en el presente sexenio y jugar un papel constructivo y pragmático, similar al que desempeñó siendo presidente del PRD en tiempos de Ernesto Zedillo, con la esperanza de recuperar la confianza de las clases medias que su extremismo post 2006 alejó. López Obrador está empeñado en ser candidato presidencial no porque crea que puede ganar el 2012 sino porque lo necesita para establecerse como referente dominante e indiscutido de la izquierda, para convertirse en el factotum de sus decisiones futuras. Por eso es que se ha planteado como obsesión destruir, al margen de sus villanos discursivos y espectrales, a “los chuchos” y grupos que los acompañen. Desde el 2008, López Obrador se ha concentrado en la lucha interna.

Las mismas encuestas que demuestran su imposibilidad de aspirar en serio a conseguir la presidencia de la república, arrojan luz de donde está su fuerza: en el voto duro perredista. No es nueva su intención de recobrar el control del PRD. Después de que se reconoció legalmente la victoria de Jesús Ortega, con la misma lógica que uso con el país, jugó y contribuyó para la debacle de su partido –para luego “salvarlo”, por supuesto-, al grado de apoyar a candidatos de otras organizaciones en el 2009. Este año declaró, antes de las elecciones de julio, que el PRI se llevaría “carro completo”. Para su sorpresa, las alianzas funcionaron y la dirección perredista salió fortalecida. De ahí su cambio de táctica. Ahora no se contenta con cuestionar o lavarse las manos, sino que hace abierto activismo para descarrilar la posibilidad de alianza en el Estado de México a pesar del costo que está pagando por hacerle el favor a Peña Nieto y perfilar incluso la postulación de un candidato esquirol bajo las siglas del PT.

López Obrador alega que “por dignidad” no se puede hacer alianza con “quien le robó la presidencia”. Un lapsus que permite ver su rostro detrás de la máscara. Hay una afrenta personal y hay que saldar cuentas por los agravios que le cometieron y, yo añadiría, nos cometieron a muchos. Pero anclarse en el pasado para buscar satisfacciones subordina lo esencial a lo secundario. ¿Y el país? ¿Y el Estado de México? ¿Y los mexicanos y mexiquenses? Detrás de la imagen de “Santo laico”, del Tartufo tropical, se esconde el peor de los pragmatismos.

De paso…

Michoacanazo. La manipulación de la justicia por motivos políticos y electorales asesta un duro golpe a la de por sí devaluada credibilidad en las instituciones que deben procurarla. El tristemente célebre “michoacanazo” fue un burdo acto de campaña para favorecer al partido en el gobierno. Felipe Calderón ordenó un operativo sin sustento y mal hecho para desprestigiar al PRD en Michoacán previo a las elecciones del 2009. El tiro le salió por la culata, no sólo porque el perredismo ganó de calle las elecciones en ese estado sino porque ya salieron libres 35 de 36 implicados. Tremendo fracaso que exhibe el uso faccioso de quienes debieran defender a la sociedad en estos momentos aciagos… El fuero de los legisladores ofende con razón a la sociedad porque en múltiples ocasiones se ha utilizado como privilegio inadmisible y fuente de impunidad. Sin embargo, considero que ese no es el caso de Julio Cesar Godoy, pues todo indica que existe una persecución política en su contra. Ha ganado cinco juicios contra igual número de órdenes de aprehensión levantadas en estados diferentes por la PGR. A él también lo acusaron con el “michoacanazo” y, como se ha demostrado, las acusaciones de ese triste episodio se han caído. En virtud de la presunción de inocencia -“nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario”- un juez le reconoció el goce de sus derechos políticos, por lo que se actuó con apego a Derecho. Además, Godoy se comprometió a acudir a la procuraduría a hacer frente a los señalamientos que haya en su contra a pesar del fuero y no se opone a que se inicie el procedimiento de desafuero para que él pueda defenderse. Sin embargo, existe tan mal fama de los legisladores –en buena medida bien ganada- que parece misión imposible que cualquiera de ellos no sea condenado de antemano… Una duda: ¿Por qué si AMLO es tan puro y se asume como guardián de la castidad ideológica, no ha dicho nada sobre Guerrero?... El asesinato de Presidentes Municipales es gravísimo. Que el Estado no puede garantizar la seguridad de las autoridades de la república es un síntoma incontrovertible del tamaño de la descomposición y de la crisis institucional que hoy existe. Es imperativo cambiar de estrategia en el combate al narcotráfico, no para someterse o pactar con ellos, sino para enfrentarlos de forma más eficaz y contener de mejor manera la violencia. En California están apunto de legalizar completamente la marihuana que es la sustancia que genera mayores ganancias a los cárteles de la droga. Es urgente plantear ese posibilidad en serio en nuestro país, al margen de prejuicios y obstinaciones, como parte de una nueva estrategia integral y asumida por el conjunto del Estado mexicano… Indispensable ayudar a Veracruz, Tamaulipas, Chiapas y Oaxaca. ¿Todavía queda alguien que opine que el cambio climático es una quimera?... Gran escándalo por fiesta trascendida de la selección mexicana. Un mal manejo del problema, la falta de una estrategia de control de daños y la patética forma, llena de hipocresía, de como reaccionó la Federación Mexicana de Futbol convirtieron la lluvia en huracán. Debe respetarse la vida privada de los jugadores y dejar a un lado la doble moral que sirvió para estigmatizar a los seleccionados. Todos salieron embarrado. La moraleja es juangabrielera: ¿Pero, qué necesidad, para qué tanto problema?... Eso sí, el Fabiruchis ya tiene quien lo acompañe en los chistes, en virtud de la forma poco gloriosa en que un trasvesti hizo historia en el balompié mexicano… Síganme en Twitter: @ferbelaunzaran

miércoles, 22 de septiembre de 2010

100 AÑOS DE LA UNAM

Fernando Belaunzarán
Twitter: @ferbelaunzaran

México celebra 100 años de su universidad reabierta. Decisión acertada de las postrimerías del Porfiriato que tuvo duras pruebas y supo funcionar y resistir durante sus primeros años, incluso décadas, en circunstancias difíciles y adversas. Es heredera, por supuesto, de la primera del continente americano, “La Real Universidad de México”, que luego sería Pontificia. Aunque su cédula de creación es de cuatro meses posterior a la de San Marcos –12 de mayo y 21 de septiembre de 1551, respectivamente- sus cursos comenzaron años antes que la limeña. Sus puertas fueron cerradas y abiertas intermitentemente en el convulso siglo XIX durante los conflictos entre liberales y conservadores –era bastión político de estos últimos-, siendo durante la intervención francesa la última vez en ese siglo que abrió y también que cerró –fruto de la contradicción de un Partido Conservador que trajo a gobernar a un Emperador liberal.

Siendo Ministro de Educación Pública, el notable tribuno y conocido intelectual positivista, Justo Sierra, fue el promotor más visible de volver a instaurar la universidad de la nación. Porfirio Diaz publica el decreto con fecha del 24 de septiembre de 1810 de la “Ley Constitutiva de la Universidad Nacional de México”, la cual en su artículo 2º indica: “La Universidad quedará constituida por la reunión de las Escuelas Nacionales Preparatoria, de Jurisprudencia, de Medicina, de Ingenieros, de Bellas Artes (en lo concerniente a la enseñanza de la arquitectura) y de Altos Estudios… El gobierno federal podrá poner bajo la dependencia de la Universidad otros institutos superiores, y dependerán también de la misma los que ésta funde con sus recursos propios , previa aprobación del Ejecutivo, o aquellos cuya incorporación acepte, mediante los requisitos especificados en los reglamentos” (Tomado de “Una historia de la Universidad de México y sus problemas”, de Jesús Silva Herzog –el abuelo)

Como se sabe, la autonomía se consiguió hasta 1929 por un movimiento que no se lo había planteado y que incluso el gobierno de ese entonces lo veía más como un castigo que como una medida que ayudaría, como la ha hecho de manera notable, al desarrollo académico. Hay que recordar que los jóvenes dirigentes de ese entonces estaban ligados al vasconcelismo que osó disputar electoralmente la conducción del país al recién inaugurado partido oficial y en plano maximato. La confrontación con los “gobiernos de la revolución” se recrudecería al grado de que 1933 se expide una Ley orgánica en la que se comprometía el gobierno federal a darle 10 millones de pesos a la universidad y desentenderse por completo de ella.

La raíz del conflicto tiene importancia en la medida que no se circunscribe a ese momento sino que ha estado presente a lo largo de su historia. Más allá de conflictos estudiantiles que en esas primeras décadas tuvieran al gobierno universitario con mucha inestabilidad, el punto de quiebre siempre ha estado en otra parte: lo incómodo que le resulta a un gobierno con pretensiones hegemonizadoras la libertad de pensamiento, el no poder controlar la educación. Sin embargo, ese libre pensar, investigar, enseñar, esa pluralidad que forma parte de su esencia, es lo que ha hecho de la UNAM el gran centro cultural e intelectual de América Latina que hoy es.

Algo fundamental en la historia de la Universidad de la Nación es su generosidad que le ha rendido frutos de sobra. El exilio español encontró en sus aulas el refugio ideal para desarrollar y comunicar sus conocimientos e ideas. Hay un antes y un después de la llegada de estos hombres y mujeres que con la desgracia nacional y, en muchos casos, familias, a cuestas tuvieron que rehacer sus vidas al otro lado del océano. Otros perseguidos de otras tierras también han sido acogidos, los cuales han compartido sus saberes para beneficio de México. Merecen mención especial los perseguidos por las dictaduras del continente. En un país con gobierno autoritario, la UNAM ha sabido ser oasis del libre pensar y eso es, reitero, el fundamento de su éxito y la trascendencia de su obra.

Un rector excepcional, Javier Barros Sierra, defendió la autonomía universitaria y supo expresar con dignidad el valor de los derechos y libertades conculcadas por un régimen que en excesos criminalizó a los jóvenes. La comunidad universitaria cerró filas con él escribiendo una página gloriosa e imprescindible para entender la lucha por la democracia en México. La absurda, aberrante y trágica masacre de Tlatelolco fue una derrota moral del viejo régimen, mientras que los estudiantes se convirtieron en factor de cambio y esperanza de un país distinto. El 68 fue el inicio del fin del viejo régimen y la UNAM se hizo presente en la difícil, ardua y compleja lucha por la transición.

Es verdad que la “Ley orgánica de 1945” que le dio estabilidad durante décadas a la UNAM ya está rebasada en los hechos y esa es una de las razones que explican los conflictos posteriores que ha vivido. Está pendiente su necesaria democratización, pues el peso de la burocracia suele mediatizar en cierta medida a la academia. Espero que pronto logre tener una legislación más acorde con los tiempos, pero que de ninguna manera esa carencia puede empañar la merecida celebración para una institución entrañable que, como pocas, es punto de unión y encuentro entre los mexicanos. La UNAM es de todos.

No puedo sino sentirme emocionado por los cien años de mi universidad a la que le debo tanto. Goce y soy beneficiario de la libertad que ahí se respira; de los excelentes maestros que propician la reflexión y el debate; del crisol de pensamientos diversos que se manifiestan sin cortapisas; del contacto con personas de muchos lugares, clases distintas, historias contrastantes; de sus instalaciones majestuosas, de las islas lúdicas, de los jardines románticos, del deporte, de la política, de la rebeldía, de la oportunidad de hacerme a mí mismo. Por eso, no puedo en estos 100 años sino cantar “cómo no te voy a querer…” y desgarrarme la garganta con el “Goya…