miércoles, 2 de mayo de 2012

PEÑA NIETO Y EL BOICOT AL DEBATE

Fernando Belaunzarán

A Javier Sicilia y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad por haber hecho posible un acto de elemental justicia por parte del Estado Mexicano: La Ley de Víctimas

Faltan dos meses para la elección presidencial. Es poco tiempo y sin embargo será una eternidad para el candidato priista, cuya preocupación es mantener la ventaja y, por lo mismo, evitar correr riesgos. Se trata de una estrategia comprensible y recurrente en los punteros de todas las elecciones del mundo y es menester de los demás competidores hacer que dicha actitud medrosa le signifique costos y puedan reducir la distancia. En ese sentido, lo que es visto como peligro para el que va arriba es oportunidad para los demás. No extraña, pues, que Enrique Peña Nieto pretenda debatir sólo lo indispensable (los dos organizados por el IFE) y en un formato en donde la memorización lo ayude a librar el acontecimiento. Lo que es un escándalo es que además vayan en su ayuda las televisoras, tratando de disminuir la audiencia de los mismos.

Si la estrategia del puntero es explicable, sus miedos también. En la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, Peña Nieto exhibió falta de conocimiento, cultura y capacidad de improvisación y son sabidos sus recursos, como el del “chícharo” y teleprómpter, para hablar en público. Entre menos personas vean el debate, mejor para él. Es el claro beneficiario de la actitud abiertamente retadora de TV Azteca al empalmar un partido de vuelta de las finales del futbol mexicano con dicho ejercicio democrático.

En los países democráticos se busca que espectáculos populares de alto impacto mediático no coincidan con los debates televisados. En cambio, aquí hubo la intención, exultantemente anunciada de boicotear el ejercicio democrático. Ricardo Salinas Pliego tuitió con una franqueza que se agradece que los que quisieran ver el debate, lo hicieran con otra televisora y que daría los ratings al día siguiente.

Es verdad que los propietarios de medios electrónicos están muy molestos por la reforma electoral del 2007 que acabó con el enorme negocio de la venta de spots y que puede verse el reto de TV Azteca como una revancha y una página más de su conflicto con el IFE, pero sería ingenuo no ver que, frente a un asunto de tanta importancia como la determinación del próximo presidente, la televisora no calculó a quién favorecía al reducir el rating del debate. Cómo puede verse, la TV no sólo hizo a Peña Nieto una figura nacional, ahora lo protege desvergonzadamente de sus propias deficiencias como candidato.

El futbol es el espectáculo más popular del país y en finales acapara la atención de millones de personas y tiene los ratings más elevados. Para justificar la medida autoritaria de imponer como dilema a los ciudadanos ver uno o el otro evento se arguye tramposamente a “la libertad” de decidir qué ver, como si la opción ideal no fuera ver ambos. Esos desplantes demagógicos que hablan como si la ciudadanía mexicana tuviera la cultura democrática de Finlandia –algo que debiéramos plantearnos cómo construir- olvidan el ABC de la lucha por la audiencia televisiva. No es casual que sea una preocupación en otros países que el televidente no tenga que optar por uno u otra actividad. Baste decir que la NFL acaba de modificar el inicio de su temporada regular para no competir con el discurso de Obama.

La evidente intención por disminuir el impacto de los debates del IFE debieran llevar al equipo de campaña de Josefina Vázquez Mota a revisar su estrategia y promover que se den también en los medios. Al decir que sólo asisten a aquellos en los que también vaya Enrique Peña Nieto, en realidad están renunciando a que se den y, con ello, impiden pasarle el costo al priista por dejar la silla vacía. Si acude junto con Andrés Manuel López Obrador y Gabriel Quadri al programa de Carmen Aristegui en MVS y con Carlos Puig en Milenio TV, donde los han invitado, la presión para que se siente EPN en un formato menos rígido y controlado sería mayor, así como a las grandes televisoras para que también convoquen a sus propios debates.

Frente al boicot descarado al debate por parte de TV Azteca, queda la posibilidad legal de establecer la Cadena Nacional para su transmisión. Esa facultad la tiene la Secretaría de Gobernación y pudiera ser solicitada por el IFE. El primer debate presidencial en México se llevó a cabo bajo esa figura en 1994. Que los ciudadanos puedan contrastar propuestas, trayectorias y personalidades, contribuye a la calidad de la elección, beneficia el voto razonado y genera cultura democrática, algo que nos hace mucha falta. Finalmente, el espacio radioeléctrico es un bien público que, aun concesionado, debe servir al interés general y la ley lo contempla en casos de “relevancia nacional”. Los debates presidenciales, sin duda, que lo son.

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lunes, 16 de abril de 2012

EL DRAMA DE LOS DEBATES

Fernando Belaunzarán
A la memoria de mi querido tío, Julio Alemán, de quien
recibí una gran lección de cariño y tolerancia.

Los debates debieran ser una actividad cotidiana en cada proceso electoral, el mecanismo idóneo para contrastar propuestas y medir capacidades, para poner a prueba lo que los candidatos proponen y lo que dicen de sí mismos. En lugar de la perniciosa “guerra sucia” que polariza, deja heridas abiertas, presagia conflictos posteriores, invita al ajuste de cuentas y hace del agravio un elemento central para decisiones que trascienden los procesos electorales, el debate hace que los cuestionamientos se hagan de frente y con la posibilidad inmediata de respuesta, de tal suerte que aunque ríspidos, duros y elocuentes, el enfrentamiento se da en buena lid e igualdad de circunstancias. Un ejercicio democrático para que los candidatos muestren sus fortalezas y exhiban las debilidades de sus adversarios. Oportunidad y riesgo.

En efecto, la oportunidad suele venir acompañada del riesgo y hay quien puede darse el lujo de renunciar a aquella para no correr éste, pero no es el caso de los que están rezagados buscando alcanzar al puntero en una elección. La situación determina la estrategia y es comprensible que quien va adelante prefiera ir a lo seguro y exponerse lo menos posible. En ese sentido, para sacarlo del camino cómodo y llevarlo a eventos que le exijan más de lo programado, que tengan un margen amplio de incertidumbre, es preciso que el costo de mantenerse en su zona de confort sea más alto que el de arriesgar. Enrique Peña Nieto no irá a ningún debate extra de los dos acartonados que organizará el IFE, a menos que le sea más oneroso no asistir.

Se trata de una apuesta mayor, pues se da por hecho que Enrique Peña Nieto es vulnerable cuando se le saca del guion y se ve obligado a improvisar para responder. El triste papel que hizo en la FIL de Guadalajara, donde no supo enumerar tres libros, se equivocó con los autores y su cantinflesca respuesta hizo evidente sus carencias, dan sustento a esa percepción, máxime cuando han trascendido recursos que utiliza para dar discursos y respuestas prefabricadas, como “chicharos” y teleprompters, y su exigencia para conocer las preguntas de antemano antes de asistir a cualquier foro. Si de por sí el puntero normalmente juega conservador, pues con esos antecedentes resulta lógico que se exceda en precauciones. Claro, una forma de quitarse esa imagen es enfrentar a sus adversarios en debates no controlados, donde la memorización resulte poco efectiva, pero nadie debe extrañarse que prefiera “caminar por la sombrita” y tratar de asegurar el triunfo que quitarse la mala fama.

Pero los otros jugadores también cuentan y -de lo que hagan o dejen de hacer- pueden mover el escenario; en ese sentido, deben buscar modificar la cómoda ruta que el puntero quisiera seguir. La diferencia no es poca y es obvio que requieren dar golpes de alto impacto y de ahí la importancia estratégica de los debates, pues estos generan una atención amplificada, de tal suerte que los aciertos y los errores pesan más. Nadie debe extrañarse, pues, que hagan suya la demanda de más debates, lo cual coincide con la expectativa de una sociedad exigente y de la necesidad democrática de promover la participación ciudadana y el voto consciente, razonado y comprometido con el proyecto de alguno de los candidatos.

El IFE sólo organizará los dos debates que por ley está obligada y que por tradición se realizan con formatos tan rígidos que se vuelven concursos de monólogos mil veces ensayados. Para que haya más, los medios de comunicación deben invitar a todos los candidatos y garantizar condiciones de equidad. Estoy enterado de que MVS, en el programa conducido por Carmen Aristegui, y Milenio Televisión, proponiendo a Carlos Puig como moderador, han hecho las invitaciones correspondientes. Como era de esperarse, Andrés Manuel López Obrador y Gabriel Quadri aceptaron de inmediato y Enrique Peña Nieto, quien muy posiblemente no quiere ir, se guarda su respuesta para administrar su negativa en una lógica de control de daños. La que extrañó con su respuesta fue Josefina Vázquez Mota, pues condicionó su presencia a la asistencia del puntero, abriéndole a éste una enorme salida para no pagar costos si, como todo parece, decide no asistir.

Algo similar se vivió hace seis años, cuando la realización de debates por parte del IFE no era obligatoria y AMLO decidió no asistir al primero de ellos. Los otros candidatos sí lo hicieron y el puntero de entonces pagó un costo por dejar la silla vacía que a la postre fue de sobra la diferencia. A pesar de esa exitosa experiencia del anterior abanderado de su partido, ahora Josefina se niega a hacer lo mismo y exhibe una estrategia conservadora en el tema que por mucho es el de mayor rentabilidad electoral, insólita para quien está a más de un dígito de distancia del primer lugar. En realidad le está haciendo un enorme favor a Enrique Peña Nieto, pues la presión para que éste asista a esos debates en los que se exige mayor conocimiento, claridad de ideas y capacidad de improvisación - precisamente en lo que se percibe como el talón de Aquiles del ex gobernador mexiquense- se reduce al mínimo. Es más, le otorga el poder de decidir cómo, cuándo y dónde se debate… y por lo mismo de frustrarlos.

Con dicha posición, en los hechos, Vázquez Mota está renunciando a que haya más debates y ayuda a Peña Nieto a no moverse de su script. El argumento que aduce acaba por justificar al priísta: “No tiene caso debatir con el tercero”. Según esa lógica, ¿por qué el primero debiera debatir con el segundo? Además, cómo va a obligar al puntero a debatir si éste ya no tiene la amenaza de que se quede su silla vacía y no hay posibilidad legal de que algún medio no invite a todos los candidatos -y qué bueno porque eso es una garantía de equidad en la contienda.

Lo más extraño de todo es que si no asistiera Peña Nieto, la que más tendría que ganar en un debate con Andrés Manuel López Obrador sería la candidata panista. Para efectos prácticos, lo de menos es quien está en segundo o tercer lugar en las encuestas, el ex jefe de Gobierno es, para bien y para mal, el político más conocido y polémico del país. A muy pocos les es indiferente. Ella podría dar la campanada, tal y como la dio el propio AMLO al enfrentar al Diego Fernández de Cevallos en un debate en el programa de Joaquín López Dóriga en el año 2000, mismo que le dio un gran impulso a su candidatura en la capital del país. Al parecer, por el temor de verse las caras con el tabasqueño en un debate en el que no podría ignorarlo, Josefina renuncia a esa oportunidad. Es más, increíble que no se dé cuenta de que con el empate gana, pues además de que López Obrador llegaría como favorito -por ser más experimentado y elocuente- el simple hecho de enfrentarlo ya significa la posibilidad de cohesionar el voto antipeje a su favor, mismo que, según encuestas, no es pequeño. Es verdad que también corre riesgos, pero está obligada por su situación a tomarlos como lo hace el candidato de las izquierdas. ¿O acaso está peleando para ser segundo lugar? No hay justificación para esa actitud medrosa y desmiente los “muchos pantalones” que presume en sus spots.

Lo grave es que si no ocurre algo que sacuda las campañas, la restauración del viejo régimen se podría consumar sin despeinar siquiera el copete del candidato que lo representa. Según algunas mediciones, el PRI pudiera obtener la mayoría absoluta en ambas cámaras y regresar a los tiempos del sometimiento del Poder Legislativo a la voluntad presidencial. La transición democrática mexicana podría frustrarse y costaría mucho esfuerzo retomarla. Por ello, espero que Josefina Vázquez Mota recapacite y exprese su voluntad de debatir con Andrés Manuel López Obrador y Gabriel Quadri, aunque el priísta no se presente -pero que cargue con la silla vacía. Nos va la democracia en ello.

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