lunes, 2 de marzo de 2009

MARCELO Y LA ELECCIÓN INTERNA

Frente a la elección interna de candidatos en el Distrito Federal, Marcelo Ebrard tuvo una disyuntiva: ser factor de unidad y arbitraje, con ascendencia política y moral ante todos los contendientes, o bien convertirse en operador de una corriente y utilizar el poder de su cargo para buscar inclinar la balanza a favor de los suyos. Es verdad que esta última posibilidad es casi una regla en el sistema político mexicano, educado por décadas por el priísmo vuelto cultura, pero también lo es que como nunca antes el PRD está obligado a realizar un proceso electoral sin conflictos mayores y la intervención del gobernante lejos de mitigar la polarización, facilitar la gobernabilidad, cicatrizar rápidamente las heridas y mantener las cosas en el ámbito institucional se vuelve un elemento de descomposición que además pone en cuestión la legitimidad del proceso mismo, pues echa por la borda el principio de equidad. Ésa es sólo una de las razones por la que extraña que Marcelo haya optado por el activismo muy poco disimulado con el que se dio a la tarea de construir un bloque enfrentado a Nueva Izquierda que de manera exultante cuenta con el aparato, programas y recursos del segundo gobierno más importante del país.

Es entendible –aunque no necesariamente compartible- que un hombre de poder como Marcelo priorice el control político de la Ciudad de México y quiera garantizar que, al igual que ocurre en la inmensa mayoría de los estados de la república en los que la división de poderes es letra muerta, sólo haya una ventanilla, la de su oficina, para ser el gran factotum de la vida política capitalina; realidad diferente a lo ocurrido durante el primer trienio en virtud del contrapeso de una Asamblea Legislativa que ha mostrado autonomía a pesar de que el partido en el gobierno es mayoría absoluta en ella. Sin embargo, conseguir la ansiada docilidad legislativa desplazando a Nueva Izquierda tiene, por decirlo así, daños colaterales. El primero es que con ello pierde la posición privilegiada que había conseguido tras las traumáticas elecciones internas del año pasado. Esa era la de gozne entre el partido y Andrés Manuel López Obrador, entre los “chuchos” y el lopezobradorismo; punto de unidad por demás necesario no sólo para el partido y para la izquierda sino también para él mismo dada su debilidad orgánica en el PRD.

En efecto, Marcelo dependió de la fuerza de “las tribus” obradoristas para ser candidato a jefe de Gobierno y son esas mismas a las que ahora promueve en su intento por desaparecer a René Arce. Por eso es que el grupo más beneficiado en las precandidaturas oficiales resultó ser el del otro René, el de Bejarano (aproximadamente la mitad de ellas mientras las que son propiamente de Marcelo se cuentan con una mano). Pero quitarle el poder a Nueva Izquierda para otorgárselo al bejaranismo si bien le garantiza la incondicionalidad deseada en la ALDF también le va a significar enorme dependencia respecto a ese polémico personaje –y en ese sentido respecto a AMLO- en todo lo que se va a definir en el 2012. Es verdad, quién puede negarlo, que Ebrard le debe a su antecesor el cargo que ocupa en el presente, pero eso no debiera llevarlo a poner su futuro en esas mismas manos.

Pero más allá de cálculos futuristas, lo más lamentable de la operación directa de Marcelo es que al establecer precandidatos oficiales se ha creado para los beneficiarios del dedazo y de sus equipos una atmósfera de complicidad con la autoridad que les proporciona una sensación de impunidad que puede provocar la pérdida de cualquier noción sobre los límites. Ya lo sabemos, la impunidad genera monstruos y algunos grupos piensan que al contar con el respaldo del mismísimo jefe de Gobierno todo les está permitido y pueden cometer excesos. El caso es que, sobre todo en Iztapalapa, se han dado situaciones graves de amedrentamiento contra dirigentes de Nueva Izquierda que merecen una respuesta inmediata e inequívoca por parte de las autoridades, pues tal y como se han dado es evidente que no son simples eventos delincuenciales y para muestra el secuestro Express de un dirigente al que no le robaron ni la camioneta en la que viajaba, ni el celular, ni las tarjetas de crédito y débito.

Al parecer en Izquierda Unida hicieron una apuesta equivocada que Marcelo les compró. Juraban que, como a Jesús Ortega lo último que le interesa es un conflicto en la capital del país, a Nueva Izquierda en el DF no le quedaría más que aguantar hasta la ignominia lo que viniera y como viniera, así fuera, como ha sido, una elección de Estado, además de suponer que podían grillar para separar a Arce de los dirigentes nacionales chuchos, de tal suerte que pudiera mantener buena relación tanto con AMLO, por entregarle la plaza en el DF, como con Ortega, apoyando su gestión al frente del partido; idea un tanto ingenua, pues resulta evidente que permitir el agandalle de la capital del país por parte de Izquierda Unida sería para Jesús firmar la entrega del PRD al ex candidato presidencial terminando la elección intermedia.

Ahora bien, aunque la presión y las ofertas han sido enormes por parte de José Ángel Ávila, Secretario de Gobierno, y del propio Marcelo Ebrard, para que declinen precandidatos a favor del “oficial” y se presente sólo uno frente al de Nueva Izquierda, en algunos lugares han fracasado. Pero lo que sin duda cambió el panorama electoral, en el que se estaba pensando concentrar todas la atención y las fuerzas en Iztapalapa, fue la ruptura del grupo gobernante en Gustavo A Madero, la segunda Delegación más grande en el DF. Marcelo se inclinó por el candidato del ex jefe Delegacional, Francisco Chiguil, a Víctor Hugo Lobo que a todas luces tiene menos perfil, trayectoria y capacidad que el diputado federal David Lozano, quien hizo una alianza estratégica con Nueva Izquierda.

Sin embargo, no hay duda de que la batalla de batallas se dará en Iztapalapa, pues quitársela al equipo de René Arce se volvió una obsesión de Estado y Marcelo preparó el asalto desde hace años. No en balde colocó a los más jurados adversarios del Senador del DF en lugares claves para trabajar el terreno. Clara Brugada al frente de la Procuraduría Social tuvo entrada en todas las Unidades Habitacionales de la demarcación, donde centró su trabajo, y manejó un presupuesto sin precedentes. Por cierto, para realizar la gestión que Clara está haciendo en su labor proselitista tiene a su servicio un equipo del gobierno central al que le obedecen las diversas dependencias del GDF, de tal forma que le están resolviendo en menos de 24 hrs.

A Alfredo Hernández Raigosa, “El Camarón”, le dio la Dirección General de Regularización Territorial siendo que el distrito en el que él tiene su fuerza y por el que su sobrina está de precandidata es el de mayor número de predios y campamentos que necesitan regularizarse en el DF y anda prometiendo escrituraciones gratis en varios de ellos. Pero nada tan escandaloso como el caso de Jesús Valencia que saltó del DIF a la precandidatura haciendo gala de recursos, al grado no sólo de llenar todos los postes del distrito con su rostro –lo que se quería evitar con la reforma electoral- sino de incluso reglar celofán en las tortillerías para envolver el producto con su imagen, además de las consabidas gorras, camisetas, plumas y hasta paletas; eso sin contar con la pinta salvaje de bardas para anunciar su último acto y despedida como servidor público. Es demostrable que a su nombre han ido a buscar expresamente a los beneficiarios de los programas sociales del DIF para pedirles el voto a favor del ex funcionario y que en el caso de los becarios de secundaria les están solicitando concentrar en sus casas a diez votantes el día de la elección.

Si ya es imposible regresarle al proceso la equidad perdida, al menos se debería atajar al riesgo de violencia antes, durante y después de la jornada electoral. Para ello es imprescindible que Marcelo mande un mensaje de que no habrá impunidad para nadie, incluso para los que él apoya. Lo más importante es garantizar que las inconformidades se canalicen institucionalmente y que en ello cada quien se haga cargo de los suyos y nadie finja demencia.

La trascendencia de la elección interna quizá no se capte con facilidad, pero más allá de la explícita lucha por el poder lo que se está dando es un momento clave en la batalla cultural de la izquierda entre el caudillismo y la convicción democrática. Frente a la lógica de que no hay otro camino para hacer carrera política que el de contar con el favor de la voluntad suprema y que, por lo tanto, se premia la incondicionalidad y se castiga a la discrepancia, existe una alternativa: la de la relación respetuosa y republicana entre iguales, es decir, la de equilibrios, contrapesos y valoración de las capacidades y los méritos.


De paso…


Té de tila. Cuando en el Consejo Nacional del PRD solicité respetuosamente a Marcelo Ebrard que sacara las manos del proceso interno de selección de candidatos en el DF para prevenir un conflicto postelectoral como el que ocurrió en la elección del año pasado fui interrumpido a gritos e insultos por Armando Quintero y Dolores Padierna. Un rato después del sainete, Quintero subió a tribuna para rebatirme sin hacer mención a mi persona y de manera, ciertamente, más civilizada. Además de acusarme con Jesús Ortega debatió con temas que yo no había abordado en mi intervención como la preocupante intimidación de dirigentes de Nueva Izquierda y la falta de atención a ellas por parte de las autoridades. Con su numerito sólo consiguió poner en el centro y darle realce al foco rojo que significa para la gobernabilidad del partido la intervención del GDF en las próximas elecciones del 15 de marzo. Seguramente su jefe, con el que quiso hacer méritos, le dijo al veterano político el clásico “no me ayudes compadre”… Por cierto, me dijo divisionista como si yo fuera el que está haciendo spots de otros partidos políticos… Si es verdad lo que se publica, que Bejarano está planeando irse del PRD después de la elección de julio para fundar un partido con AMLO, entonces la pregunta a Ebrard de que si sabe para quién trabaja es más pertinente que nunca… Nadie puede negar la consistencia de la administración calderonista: cada vez estamos peor… ¿Y el PRI?. Confiando en la amnesia y confiando en que el PAN siga pagando los costos políticos por la crisis y que tenga éxito la división de la izquierda por parte de los que sufren por conservar las prerrogativas del PT y Convergencia…